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jueves, 20 de octubre de 2011

Galbraith

J.K. Galbraith

Luis Guillermo Vélez Álvarez
Docente, Universidad EAFIT

Sin lugar a dudas Galbraith fue uno de los economistas más populares y reconocidos del siglo XX, especialmente, entre el público no especializado y en el mundo de los políticos. Sus más de dos docenas de libros, que alcanzaron muchas ediciones de grandes tirajes y fueron traducidos a muchos idiomas, han tenido escasa o ninguna influencia en el desarrollo de economía académica. Pero aún así no fueron ignorados del todo por ésta y economistas de la talla  de Stigler, Friedman, Solow y Hayek – que alcanzaron todos ellos el premio Nobel que nunca se le otorgó a Galbraith – se sintieron en la obligación de refutar sus planteamientos, más que por su valía intrínseca, con el propósito de desvirtuar la aparente  validez que les confería  la rúbrica de un profesor de Harvad.     


Las razones de su éxito entre el público semi-ilustrado en cuestiones económicas son las mismas de su fracaso entre los miembros de su profesión. Galbraith hizo suyos - y los adornó con singular ingenio, dándoles cierta apariencia de respetabilidad - la mayor parte de los prejuicios  populares sobre la economía académica  y el funcionamiento de las economías de mercado.  Una pluma fácil, una gran ironía y un singular desprecio por  las reglas mínimas de la argumentación científica le permitían transformar las proposiciones y teoremas de la teoría económica en odiosos muñecos de paja que con su complicado aparato matemático y su jerga impenetrable no parecían tener otro propósito que el de ocultar la “realidad verdadera”; de la cual él - y de su mano sus lectores – tenía un percepción directa que no precisaba ser mediatizada por ninguna teoría o validada por cualquier evidencia empírica.

Lo esencial del pensamiento de Galbraith está contenido en un par de libros publicados en los años 50: El Capitalismo Americano (1952) y La Sociedad Opulenta (1958).  Su obra posterior, El Nuevo Estado Industrial (1967), es un desarrollo profuso de los mismos tópicos a los que permanecerá fiel hasta el final de su vida como lo prueba el contenido lo que se ha dado en llamar su testamento intelectual, La economía del fraude inocente, pequeño libro publicado en 2004.

No es difícil hacer una síntesis de las ideas económicas de Galbraith. Su punto de partida es la negación de la teoría la demanda. El consumidor carece de toda libertad en la formación y expresión de sus preferencias y es un mero títere de las manipulaciones de la publicidad de las  grandes corporaciones. Éstas tienen en sus manos todos los medios para controlar los precios y decidir a su antojo lo que se debe producir. “Desde que General Motors produce cerca de la mitad de los automóviles, sus diseños no reflejan la moda actual, pero son la moda actual” - escribió en El Nuevo Estado Industrial.


Adicionalmente, estas grandes corporaciones, que deciden soberanamente sobre precios y producción, son controladas no por sus accionistas sino por sus directivos - la tecnocracia corporativa-  quienes, por su manejo de la información, la manipulación y el fraude,  lo deciden todo. “Que nadie lo ponga en duda: en cualquier empresa suficientemente grande, los accionistas – se lee en La economía del fraude inocente - están subordinados por completo a la dirección” .De ahí la necesidad de que el estado intervenga controlando los precios y fomentando la aparición del “poder compensador”  de los sindicatos, las ligas de consumidores, las asociaciones de pequeños productores y todo lo demás.

Pero la intervención del estado debe ser también activa y permanente en el terreno del gasto agregado y la redistribución de las rentas para contrarrestar la tendencia crónica de la economía hacía la sobre producción causada por la propensión de los ricos a no gastar parte considerable de sus ingresos: “Mientras a los necesitados se les niega el dinero que seguramente gastarán, a los ricos se les conceden unos ingresos que casi con certeza ahorrarán”, proclamó sin pudor en La economía del fraude inocente.   

Estas tres naderías –  corporaciones monopolísticas, tecnocracias desalmadas y ricos tacaños que provocan las crisis – adobadas con referencias al complejo militar-industrial, a las tropelías del FMI  y a los poderosos grupos de presión de Washington le permitieron construir una visión conspirativa del mundo económico muy acorde con las representaciones y prejuicios de los pequeños tenderos, los oficinistas medios y los literatos de izquierda.  Adicionalmente esta visión de lo económico también le venía como anillo al dedo a los políticos de todas tendencias, pues ella da sustento a la convicción, que en últimas justifica su profesión, de acuerdo con la cual todos los males de la sociedad pueden resolverse por un estado benevolente y previsor si hay eso que llaman “voluntad política”.  

A pesar de su condición de profesor emérito en Harvad, de su gran influencia en el mundo político de Estados Unidos, de sus best-sellers, en fín, de su inmensa popularidad; de la obra económica de Galbraith  es poco lo que se puede rescatar. Al keynesianismo, del que se proclamó portaestandarte, no le añadió más que la retórica de un intervencionismo fiscal todo poderoso. Aunque se le ubica doctrinalmente dentro de la llamada escuela institucional, su visión de proceso económico está tan apartada de los modernos desarrollos de este enfoque – los de Coase, North, Robinson, etc. -  como lo está de la economía neoclásica que nunca comprendió. En verdad, de Galbraith puede decirse lo que en alguna oportunidad él mismo dijera de Veblen: fue más un sociólogo que un economista.


LGVA.
Mayo de 2006.  

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